Al tipo del locutorio de la cuadra - sobre las calles Lafuente y José Bonifacio - la amabilidad jamás lo abandonaba el primer día de la semana. A fuerza de costumbre sabía que de sus 3 cabinas telefónicas, la número 2 era la que menos interferencia tenía en el cable, por eso siempre me la daba. Después de todo pasar de 30 a 60 minutos pegando la bocina a mi oreja derecha, me convertía en uno de sus mejores clientes. Generalmente yo llamaba los lunes, a veces también los martes o los miércoles, de vez en cuando los jueves, rara vez un viernes. Esa rutina telefónica me permitió darme cuenta de la manera en que la amabilidad se le iba desvaneciendo a medida que pasaban los días. Para empezar, es extraño que alguien tenga más entusiasmo un lunes que un viernes, hasta llegué a pensar que se debía a la cantidad de llamadas que yo hacía. Entre más dinero gastara en el teléfono, más amable era él. Pero este es un pensamiento muy egoísta, no creo que yo haya sido el mecenas de su negocio.
Su esposa no tenía un temperamento tan variable ante el mostrador. Ella, sin importar el día, sin tener en cuenta el número de llamadas que hiciera, siempre era la misma mujer huraña, la que atendía de mala gana cuando no se tenían monedas para pagarle el valor exacto. Por momentos pensé que era algo personal, pero me equivoqué. A los demás clientes cuando no tenían el pago justo ni siquiera los atendía, es decir que tanto para el hombre de la sonrisa del lunes y para su esposa, yo era un cliente especial. Tal vez no era el que más gastaba, pero sí era el más constante. Ellos sabían que si el lunes abrían con poco dinero, horas después yo llegaría a reforzar sus arcas. Gracias a estos razonamientos entendí que cuando él o ella me decían “Seguí a la cabina 2”, realmente me querían decir “Bienvenido, sos nuestro cliente favorito y para vos siempre tendremos lo mejor. Por favor disculpá que la amabilidad no nos alcance para expresártelo más directamente”.
No había duda, me querían. Varias veces estuve tentado a preguntarle al hombre el por qué de su alegría de lunes, pero nunca me atreví para evitar que mi pregunta fuera tomada como una observación de mariconería atrincherada.
La cabina 2 ya no era la cabina 2. Era mi oficina de lunes, donde gracias a las horas que gastaba llamando a diferentes agencias de publicidad buscando trabajo como redactor, me había ganado un lugar afectivo en ese par de vecinos ariscos. Ellos no sabían que me necesitaban, tampoco las agencias de publicidad. Pero convencer a las agencias iba a ser más dispendioso que persuadir a los del locutorio, entonces busqué por internet los teléfonos y direcciones de agencias grandes, medianas y pequeñas, y me convertí en mi propio telemarketer. La llamada inicial era para averiguar el nombre del director o directores creativos, luego hablaba con ellos o con su secretaria y les pedía cita. Después de 3 semanas algunas de las secretarias ya me reconocían telefónicamente gracias a mi acento. Me decían “Hola colombiano, el director ya tiene tu carpeta pero si tenés algo nuevo enviámela de vuelta y se la vuelvo a mandar”.
Con tanto desgaste de oreja era apenas lógico conseguir citas con algunos directores, dándome la impresión de que mi búsqueda avanzaba, aunque las posibilidades de trabajo no le seguían el mismo ritmo.
El primer dilema al que me enfrentaba en una entrevista era el saludo. En Argentina es normal que entre hombres se saluden con un beso en la mejilla, de hecho yo ya me había acostumbrado a este saludo con algunos amigos gauchos. Pero la situación cambiaba un poco cuando se trataba de darle la primera impresión a un sujeto que podría convertirse en mi próximo jefe. Si lo saludo de beso podría pensar que soy un tanto largo de confianza y posiblemente quiera marcar distancia conmigo. Si lo saludo de mano pensará que quien marca distancia soy yo y me tratará como un bicho raro que no se acomoda a las costumbres de su país. Esta era la preocupación que más ocupaba mi cabeza cada vez que me encontraba esperando a don Director Creativo. ¡La duda era más grande que si se tratara de besar a una chica! Si la chica no me besaba pues se alejaba y jamás la volvía a ver, pero no afectaría en nada mi futuro laboral ni mis ingresos económicos. Supuse entonces que como la duda era similar, la respuesta también debería serlo. Decidí esperar a que él diera el primer paso.
Cuando don Director Creativo hacía su entrada triunfal a la sala de espera yo tenía preparadas mi mano y mi mejilla derecha, a ver por cual lado atacaba primero. Algunos iban decididos a estrechar o a besar, con ellos yo no tenía ningún problema. Con quienes se me dificultaba el saludo era con los que no se habían decidido, porque presumían que gracias a que yo era colombiano, no sabía saludar al estilo argentino. Entonces se me paraban en frente, me decían hola y esperaban a que yo hiciera algún movimiento definitorio. Creo que las recepcionistas se debieron divertir mucho viendo a un par de indecisos frente a frente que no sabían si besarse o estrecharse la mano. Esto era como uno de esos juegos de “piedra, papel o tijera” donde el azar decidía. Para acabar con estos eternos segundos de incomodidad yo estiraba mi mano derecha pero al mismo tiempo él me acercaba su mejilla, así que yo cambiaba rápidamente y también estiraba trompa, a lo que él respondía estirando su mano. Terminábamos saludándonos con beso, apretón y una ligera palmada en la espalda al mismo tiempo, como si fuéramos dos viejos camaradas que se reencuentran después de la guerra. Superado este impase seguíamos a alguna oficina desocupada a comenzar la entrevista. Él me pedía que le recordara mi nombre. Yo se lo decía de nuevo, pero era el colmo que le hubiera dado semejante saludo a alguien que ni siquiera sabía cómo me llamaba.
Ya en la entrevista, yo presentaba los avisos publicitarios que componían mi portafolio. Algunos entrevistadores se tomaban el tiempo para hacerme comentarios puntuales sobre cada uno de los avisos, otros simplemente los miraban con la más inexpresiva arrogancia y decían “está bien”.
¡Cómo que está bien! Acá está lo más selecto de mucho tiempo de trabajo y don Director Creativo sólo dice “está bien”. Por Dios, uno espera algo más inteligente de alguien que por alguna razón llega a ese cargo. Por suerte son muy pocos los misántropos que se la reservan, limitándose a asentir con la cabeza y a cerrar con un insípido “está bien”.
Con los comentarios de los que sí dan comentarios, uno va mejorando. La simple apreciación de alguien que lleva años haciendo publicidad galardonada enriquece, así que es una gran contribución con el futuro publicitario, que se tomen el tiempo para hacer un análisis de por lo menos uno de los avisos. Gracias a estos aportes las reacciones hacia mi trabajo fueron cada vez más satisfactorias. Afortunadamente me encontré con muchos directores que conservaban vivas la objetividad y el entusiasmo por su profesión, y aunque la mayoría de las veces terminaban la entrevista diciendo que la agencia en este momento no está necesitando redactores, me pedían que siguiera en contacto con ellos por si en algún momento cambiaba el panorama. Ocasionalmente me remitían ante otros directores amigos suyos, que tal vez tenían una vacante en su equipo.
Todas estas entrevistas me traían de vuelta al mismo lugar. Al locutorio de confianza cabina número 2, a llamar a los directores que me entrevistaron o a los amigos a los que me remitieron, para recordarles que todavía existo. ¡Qué posición tan penosa! Sé que muchas veces los incomodé con mis llamadas, pero estoy seguro que era más incómodo para mí tener que llamarlos. Uno de ellos me pidió que lo llamara el viernes, así que tuve que ir un viernes en la tarde a mi oficina de los lunes - algo realmente inusual -. Lo llamé, se escuchaba a lo lejos la transmisión de un partido de Boca Juniors. Don Director Creativo aceleradamente me dio cita para el lunes a las 11:00 am., pero me pidió que lo llamara una hora antes para confirmar.
¡La concha de todas las loras! Con lo difícil que es ubicarlo por teléfono, ahora me pide que lo llame antes para recordarle lo de mi cita. ¡Don Director Creativo yo busco trabajo como redactor de su equipo, no como su niñera! Pero bueno, había que tragarse las palabras y ayudarle el lunes con su atolondrada agenda.
Al salir de la cabina el tipo del locutorio estaba extrañamente amable, eso es algo atípico para un viernes. Unos paraguayos que trabajaban en construcción compraron 4 litros de cerveza y le pagaron con un billete grande. El tipo del locutorio ni siquiera les pidió monedas, sólo les dio el cambio con una sonrisa de torta de cumpleaños. Estaba enajenado mirando un partido de fútbol en la tele. Boca Juniors iba ganando 2-0 ó 3-0, no me acuerdo. Al final, él no se limitó a darme el cambio, también me dio la mano. Jamás me había hablado algo diferente a lo estrictamente requerido para su negocio, y ahora de repente me saludaba como a uno de sus amigos.
- Muchas gracias – le dije yo.
- ¡Con mucho gusto muchacho y que consigas laburo! – dijo él.
Su infidencia en mis conversaciones telefónicas, lejos de molestarme, me animó. Ojalá don Director Creativo tenga el lunes el mismo entusiasmo que mi amigo el del locutorio, y me dé la entrevista definitiva. No me importa el fútbol argentino, pero ¡Aguante Boca!
¿QUÉ HAY EN LA HABITACIÓN?
Un colombiano un día agarró sus valijas y se fue para Argentina, a ver cómo se veía el mundo desde el sur. Todas las babosadas que está descubriendo son compartidas cada semana en su bitácora virtual, dando una visión no argentina de lo que pasa en Buenos Aires.
Acá no hay periodismo, ni objetividad, ni información turística sobre los lugares de moda; simplemente hay relatos libres tomados desde la óptica de un viajero, es decir, alguien que no ha perdido la capacidad de sorprenderse.
Acomódese, quítese los zapatos y bótelos donde mejor le parezca, porque desde ahora usted es huésped de la Habitación del Caminante.
LA HABITACIÓN DEL CAMINANTE SE DESPIDE
GRACIAS A TODOS LOS QUE ACÁ SE HOSPEDARON, SIN IMPORTAR LA DURACIÓN DE SU ESTANCIA. OJALÁ EL SERVICIO DE HABITACIÓN HAYA SIDO DE SU AGRADO.
HEMOS LLEGADO AL RELATO # 15, Y AUNQUE LA AVENTURA AÚN NO HA TERMINADO, LA ETAPA VIRTUAL HA LLEGADO A SU FIN.
PRONTO RECIBIRÁN NOTICIAS.
Acá no hay periodismo, ni objetividad, ni información turística sobre los lugares de moda; simplemente hay relatos libres tomados desde la óptica de un viajero, es decir, alguien que no ha perdido la capacidad de sorprenderse.
Acomódese, quítese los zapatos y bótelos donde mejor le parezca, porque desde ahora usted es huésped de la Habitación del Caminante.
LA HABITACIÓN DEL CAMINANTE SE DESPIDE
GRACIAS A TODOS LOS QUE ACÁ SE HOSPEDARON, SIN IMPORTAR LA DURACIÓN DE SU ESTANCIA. OJALÁ EL SERVICIO DE HABITACIÓN HAYA SIDO DE SU AGRADO.
HEMOS LLEGADO AL RELATO # 15, Y AUNQUE LA AVENTURA AÚN NO HA TERMINADO, LA ETAPA VIRTUAL HA LLEGADO A SU FIN.
PRONTO RECIBIRÁN NOTICIAS.
lunes 16 de febrero de 2009
martes 10 de febrero de 2009
14- LETRAS DE LA CIUDAD
La Línea A del subte aún conserva esa esencia a pasado que la hace inconfundible. La madera de antaño que cubre el interior de sus vagones logra convertirlos en piezas de colección, y si a esto le sumamos que algunas de sus puertas todavía se operan manualmente, entendemos porque para muchos porteños estos vagones son objeto de culto urbano. Es mi línea de subte favorita. No sólo porque me lleva desde Caballito hasta Plaza de Mayo en 30 minutos, también porque me transporta desde el presente hasta comienzos del siglo pasado, época en la que se construyó la Línea A del metro de Buenos Aires, conservando hasta hoy su diseño original. Bastan 90 centavos para tener esa sensación de retroceder en la historia, como si uno fuera un personaje sacado de la letra de un tango o de un cuento Borgiano. Sé que no existen las máquinas del tiempo, pero la Línea A es lo que más se le asemeja. Durante las primeras horas del día cada vagón se atesta con una muchedumbre silenciosa, parecen respirar al mismo tiempo sin cruzarse ni una palabra, tan sólo aguardando llegar a su estación de destino. Para acompañar este viaje al pasado muchos pasan los minutos leyendo noticias y todo tipo de literatura. Yo estaba leyendo “Bestiario” de Cortázar, otros dos leían “Rayuela”. Cortázar nunca lo supo pero creo que es el escritor más leído por los pasajeros del subte, supongo que debe estar en el Top Five de la línea A. Al bajarse en Plaza de Mayo, uno parece haber entrado en el escenario de alguna de sus historias, cuesta trabajo darse cuenta que la lectura terminó.
Cuando se tiene que trabajar y cumplir un horario, no queda más alternativa que detener ese viaje literario y conectarse con el rigor de la rutina. Pero cuando se es un “librepensador estacional” – entiéndase también como desempleado – se puede caminar unas cuadras más por la Avenida de Mayo hasta llegar al Café Tortoni, otro tradicional lugar en el que Borges gastaba su dinero. El lugar es más antiguo que la Línea A. En él se percibe una atmósfera medio tanguera medio intelectual, y se pueden observar unas caricaturescas estatuas de Gardel, Borges y Alfonsina Storni ubicadas en una mesa del fondo. Acá, rodeado por viejos que se toman tres horas para beber un café y gerentes que revisan sus acciones en el diario, es el mejor lugar para continuar la lectura que interrumpí en el subte. Después de una hora sumergido en el cuento del día, me di cuenta que la banda sonora de mi lectura eran las tazas golpeándose sobre las mesas y el murmullo de la gente. Yo hubiera jurado que había música. Sin duda es el sonido más agradable para un café, creo que sería buena idea grabar un CD con esta atmósfera y colocarlo en cualquier cafetería de barrio para subirle el estatus.
Y es que sonidos, calles, letras, hacen parte de un mismo sistema que se respira en todo Buenos Aires.
Todavía medio abducido por esos encuentros entre literatura y realidad, caminé por 10 minutos hasta la Plaza San Martín donde tenía que verme con una amiga. ¡Vaya! Yo estaba sentado en una banca de este parque esperando a alguien, tal como lo hizo Juan Pablo Castel, el personaje central de “El Túnel” de Ernesto Sabato. Castel aguardaba en este mismo lugar por su amada mientras su paranoia lo impulsaba a pensar lo peor de ella, finalmente la apuñaló. Mi amiga llegó tarde, pero yo fui un poco más indulgente con ella. Le hablé de mi impresión de sentirme caminando en la literatura argentina. Que cuando cambiaba de barrio cambiaba de autor, pero siempre estaba dentro de una gran biblioteca urbana. Flores con “El ángel gris” de Alejandro Dolina, Tigre con “De la forma del mundo” de Adolfo Bioy Casares. Incluso bastaba caminar por Corrientes o por Constitución, para tropezarme con una canción de Fito Páez. Qué bueno que los artistas locales encuentren en su ciudad una fuente de inspiración, y que la ciudad les retribuya con obras tangibles. Por ejemplo, en la intersección entre las calles Serrano y Honduras queda la Plaza Serrano, a la que rebautizaron como Plaza Julio Cortázar. Después de esa plaza la Calle Serrano cambia su nombre a Calle Borges, debido a que acá se encuentra la casa en la que vivió este autor cuando era niño. Con todo el aprecio que sienten los argentinos hacia sus escritores - tanto como para cambiar el nombre de una calle o de una plaza - imaginé que en ese lugar debería funcionar un museo o un centro cultural o por lo menos una biblioteca. Al llegar allá mi hallazgo fue aún más sorprendente. La dirección era Serrano 2135 pero no había ni siquiera una venta de libros piratas. En la entrada sobresalía un aviso blanco de una peluquería llamada “Maldito Frizz” y a su lado había una pequeña placa que decía “En este solar vivió Jorge Luis Borges durante su infancia desde 1901 hasta 1914”. Yo no salía de mi asombro. ¡Son capaces de cambiar el nombre de una calle en su honor, pero su casa es la sede de los peinados de moda! Todavía un poco incrédulo pregunté a la encargada de la peluquería:
- Hola. ¿Es verdad que en esta casa vivió Jorge Luis Borges?
- La verdad no sé. Yo soy nueva en el trabajo. Pero si querés podés pasar a la noche y preguntarle a la dueña de la peluquería, que ella lleva varios años acá.
No había caso. En este lugar sólo se encargaban de la parte exterior de la cabeza, y aunque esta fue la casa de infancia de Borges, pareciera que él jamás hubiera pasado por la planta baja.
Ya era tarde. Había que volver a casa y las vías para los colectivos estaban bastante congestionadas, así que tome la Línea D del subte para después hacer transbordo con la Línea E. Me esperaba una hora de viaje. La Línea D es la que pasa por los barrios turísticos, por eso es la más moderna, aunque paradójicamente cada vez que arranca uno de sus trenes se escucha un peculiar timbre, muy parecido a la introducción de la canción “Flashdance…What a feeling” de los ochentas. Sea en la línea más reciente o en la más clásica o en colectivo, iba a encontrarme de nuevo con la “sociedad de lectores del transporte público”, quienes sin importar la cantidad de maletas que carguen o el número de pasajeros que los rodeen o la amenaza de desprendimiento de retina, siempre hallan oportunidad para leer historias que les motiven a pensar en algo diferente a lo que ven todos los días. Por mi parte también leeré, pero con la intención de que las calles, las construcciones, los sonidos y las letras de la ciudad, me sigan hablando juntas el mismo idioma.
Cuando se tiene que trabajar y cumplir un horario, no queda más alternativa que detener ese viaje literario y conectarse con el rigor de la rutina. Pero cuando se es un “librepensador estacional” – entiéndase también como desempleado – se puede caminar unas cuadras más por la Avenida de Mayo hasta llegar al Café Tortoni, otro tradicional lugar en el que Borges gastaba su dinero. El lugar es más antiguo que la Línea A. En él se percibe una atmósfera medio tanguera medio intelectual, y se pueden observar unas caricaturescas estatuas de Gardel, Borges y Alfonsina Storni ubicadas en una mesa del fondo. Acá, rodeado por viejos que se toman tres horas para beber un café y gerentes que revisan sus acciones en el diario, es el mejor lugar para continuar la lectura que interrumpí en el subte. Después de una hora sumergido en el cuento del día, me di cuenta que la banda sonora de mi lectura eran las tazas golpeándose sobre las mesas y el murmullo de la gente. Yo hubiera jurado que había música. Sin duda es el sonido más agradable para un café, creo que sería buena idea grabar un CD con esta atmósfera y colocarlo en cualquier cafetería de barrio para subirle el estatus.
Y es que sonidos, calles, letras, hacen parte de un mismo sistema que se respira en todo Buenos Aires.
Todavía medio abducido por esos encuentros entre literatura y realidad, caminé por 10 minutos hasta la Plaza San Martín donde tenía que verme con una amiga. ¡Vaya! Yo estaba sentado en una banca de este parque esperando a alguien, tal como lo hizo Juan Pablo Castel, el personaje central de “El Túnel” de Ernesto Sabato. Castel aguardaba en este mismo lugar por su amada mientras su paranoia lo impulsaba a pensar lo peor de ella, finalmente la apuñaló. Mi amiga llegó tarde, pero yo fui un poco más indulgente con ella. Le hablé de mi impresión de sentirme caminando en la literatura argentina. Que cuando cambiaba de barrio cambiaba de autor, pero siempre estaba dentro de una gran biblioteca urbana. Flores con “El ángel gris” de Alejandro Dolina, Tigre con “De la forma del mundo” de Adolfo Bioy Casares. Incluso bastaba caminar por Corrientes o por Constitución, para tropezarme con una canción de Fito Páez. Qué bueno que los artistas locales encuentren en su ciudad una fuente de inspiración, y que la ciudad les retribuya con obras tangibles. Por ejemplo, en la intersección entre las calles Serrano y Honduras queda la Plaza Serrano, a la que rebautizaron como Plaza Julio Cortázar. Después de esa plaza la Calle Serrano cambia su nombre a Calle Borges, debido a que acá se encuentra la casa en la que vivió este autor cuando era niño. Con todo el aprecio que sienten los argentinos hacia sus escritores - tanto como para cambiar el nombre de una calle o de una plaza - imaginé que en ese lugar debería funcionar un museo o un centro cultural o por lo menos una biblioteca. Al llegar allá mi hallazgo fue aún más sorprendente. La dirección era Serrano 2135 pero no había ni siquiera una venta de libros piratas. En la entrada sobresalía un aviso blanco de una peluquería llamada “Maldito Frizz” y a su lado había una pequeña placa que decía “En este solar vivió Jorge Luis Borges durante su infancia desde 1901 hasta 1914”. Yo no salía de mi asombro. ¡Son capaces de cambiar el nombre de una calle en su honor, pero su casa es la sede de los peinados de moda! Todavía un poco incrédulo pregunté a la encargada de la peluquería:
- Hola. ¿Es verdad que en esta casa vivió Jorge Luis Borges?
- La verdad no sé. Yo soy nueva en el trabajo. Pero si querés podés pasar a la noche y preguntarle a la dueña de la peluquería, que ella lleva varios años acá.
No había caso. En este lugar sólo se encargaban de la parte exterior de la cabeza, y aunque esta fue la casa de infancia de Borges, pareciera que él jamás hubiera pasado por la planta baja.
Ya era tarde. Había que volver a casa y las vías para los colectivos estaban bastante congestionadas, así que tome la Línea D del subte para después hacer transbordo con la Línea E. Me esperaba una hora de viaje. La Línea D es la que pasa por los barrios turísticos, por eso es la más moderna, aunque paradójicamente cada vez que arranca uno de sus trenes se escucha un peculiar timbre, muy parecido a la introducción de la canción “Flashdance…What a feeling” de los ochentas. Sea en la línea más reciente o en la más clásica o en colectivo, iba a encontrarme de nuevo con la “sociedad de lectores del transporte público”, quienes sin importar la cantidad de maletas que carguen o el número de pasajeros que los rodeen o la amenaza de desprendimiento de retina, siempre hallan oportunidad para leer historias que les motiven a pensar en algo diferente a lo que ven todos los días. Por mi parte también leeré, pero con la intención de que las calles, las construcciones, los sonidos y las letras de la ciudad, me sigan hablando juntas el mismo idioma.
miércoles 4 de febrero de 2009
13- ES CUALQUIER COSA
Después de muchos años conviviendo con alguien, el deseo y el amor se entelarañan en una masa extraña que más se parece a la costumbre. Esta es una situación habitual en la mayoría de parejas de casados cuando han vivido mucho tiempo juntos, llegando al punto en que uno se vuelve predecible para el otro, extinguiendo las ganas de intimar. Ante esta alerta los matrimonios buscan ayuda con terapeutas de pareja, con esencias exóticas, con vestidos de película porno, con rezos a algún santo desocupado o con cualquier otro despropósito que evite la separación. Esto nos pasa a todos - a hombres, a mujeres y hasta a los osos pandas - con el agravante de que estos últimos deben recobrar el deseo obligatoriamente porque necesitan procrear para que su especie no se extinga. Una pareja de pandas muy consciente de su problema y habiendo probado todo lo que sabían, decidió asociarse con una compañía de internet para preservar su supervivencia. Sacaron al aire varios comerciales de televisión invitando a la gente a que entrara al sitio blogdelpanda.arnet.com.ar y les dieran ideas para recobrar su libido animal. Gracias al ancho de banda y al bajo costo que tiene suscribirse a esta compañía de internet, pueden subir lo que quieran. Nos dejaban en la cabeza que el internet sí es para divertirse. Durante 3 meses nos regodeamos con comerciales en que los pandas hacían lo que las personas les recomendaban. El macho bailó vestido de bombero, se fueron de vacaciones a un lugar paradisiaco, tuvieron sesión con una famosísima sexóloga puertorriqueña, se dedicaron canciones románticas, hasta que por fin lograron copular. El macho agradeció dichoso a cámara porque su esposa estaba embarazada y ella nos agradeció por los 6 segundos increíbles que había pasado. Todos en el país tuvimos que ver con salvar ese matrimonio panda, porque recurrimos a internet para enviar consejos o para verlos en sus intentos. Definitivamente acá habían unos genios publicitarios, y esperaba ver a estos iluminados y a más de sus fulminantes ideas en el FIAP (Festival Ibero Americano de Publicidad).
En la recepción de hotel me preparé mentalmente para ser ignorado porque de seguro yo reconocería el rostro de muchos de ellos sin que ellos conocerían el mío, pero al presentar mi ficha inscripción y subir las escaleras, me encontré con que la mayoría de los asistentes eran estudiantes. A muchos los conocía. Pero bueno, hasta ahora era el primer día del FIAP y la mayoría de mis colegas de los diferentes departamentos creativos, deben estar atareados con ajustes de última hora sobre piezas que al día siguiente deben salir al aire. Obviamente ante estos afanes, ni al cliente ni a los directores de las agencias les importa mucho si sus creativos asisten a recibir unos premios. Con frecuencia uno se encuentra con ajustes absurdos dichos 5 minutos antes de las 6:00 pm, estimulando un recurrente instinto criminal contra los clientes. A pesar de eso al otro día regresamos al trabajo con la disposición para seguir haciendo un poco más amable lo aburrido del consumismo, dándole a las hamburguesas la imagen de un payaso, al internet el vestido de un oso panda, a la publicidad el disfraz de la diversión.
Al siguiente día comenzaron las conferencias, una de ellas se llamaba algo así como “Vanguardia en manejo de la imagen publicitaria”. ¡Vaya título! Con ese nombre se puede hacer un post grado. Inicialmente lamenté muchísimo haber llegado tarde y perdérmela, entonces para pasar el tiempo di un tour por los diferentes stands del lobby, cargándome con kilos de merchandising, que me evitaron volver a comprar un lapicero en cinco meses. Cuando se abrió la puerta del salón de conferencias, una amiga mía salió indignada. Parece que la ya nombrada “Vanguardia en manejo de imagen publicitaria” no era más que la charla de ventas de un banco de imágenes tratando de captar nuevos clientes. Por suerte esa noche era el coctel de inauguración del festival, lo que nos ayudaría a olvidar con quesos, vinos y farándula, este tipo de animaladas.
A pesar de que algunos de los trabajos exhibidos eran interesantes, de que las conferencias que siguieron fueron realmente buenas y que estaban a cargo de reconocidos publicitarios de la región, no fueron suficientes para atraer al mismo número de creativos que atrajo el coctel. Los salones inmensos y muy bien adecuados, se veían aún más gigantes con la poca cantidad de asistentes, casi todos estudiantes. Esta supuesta fiesta de la publicidad iberoamericana más parecía un sábado en la universidad.
Esa idea inicial de que la cantidad de trabajo no permitía que los creativos locales asistieran a los premios, ya se me iba debilitando. Tal parece que a ellos no les interesa conocer los trabajos de sus colegas, ni ver qué tienen que decir los conferencistas, quienes en general manejan los hilos de las grandes redes publicitarias del mundo. Les importa más beber gratis en el coctel de inauguración y esperar desde su oficina la posibilidad de ganar un galardón que le de coraje al ego. Bueno, yo lo entiendo, en alguna oportunidad hay que desquitarse. Muchas veces hemos trabajado por días enteros hasta la madrugada para que el cliente vea 3 campañas diferentes con piezas para televisión, radio, revistas, vía pública y medios alternativos. Luego, saca a flote al creativo frustrado y cuadripléjico que hay en algún lugar de su emponzoñada cabeza, y decide mezclar los textos de la primera opción, con las fotos de la segunda y la estrategia de la tercera. Nuevamente nos desvelamos armando ese Frankenstein publicitario, para que semanas después termine haciendo solamente un volante, por cuestión de presupuesto. Si sumamos estas ganas de colgarlo de las pelotas junto con el desencanto por una profesión que parecía mucho más divertida, a uno no le dan ganas de ir a unos premios a escuchar a unos vejetes con más éxito que uno. Señores conferencistas ¡quédense en su parnaso publicitario! Por mi parte me quedaré en la oficina tratando de convencer al tarado de turno que los Frankenstein no funcionan en publicidad.
La noche de entrega de los premios todo simulaba ser diferente. Los presentadores desempolvaron sus corbatas y tacones, el escenario tenía todas las codiciadas estatuillas en oro, plata y bronce. A pesar del esfuerzo de los organizadores, el salón continuaba parcialmente vacío. Leyeron el primer ganador de la noche, no había nadie en la sala para recibirlo. Igual pasó con el segundo, el tercero y con la mayoría de los ganadores. Los pocos que subieron a buscar su premio, lo hacían de manera apresurada, como si les molestara hacerlo. Incluso le oí decir a uno de los asistentes que estaba unas sillas más atrás “¡Bah! Un FIAP no es gran cosa”. Definitivamente esto de los festivales y los premios es un negocio de vanidades. Por un lado los creativos ven atropellada su vocación laboral cuando después de presentar una campaña, los clientes cambian a un simpático panda por un monstruo publicitario. Luego se organizan festivales cuya inscripción es bastante costosa, en los que las agencias invierten para resarcir en algo su maltrecho ego corporativo, y así sentir que son los mejores en algo. Finalmente, es tan alto el egocentrismo, que este mismo les impide asistir a los premios, para no demostrar que los desean.
Días después fui a la oficina de un Director Creativo a mostrarle mi trabajo. Él me atendió muy amablemente y me hizo seguir a su oficina donde tenía una repisa de cristal grueso justo en frente de la puerta, con la estatuilla del último FIAP que se había ganado. Yo le dije “¿Te ganaste un FIAP? ¡Felicitaciones!”. Él respondió “¡Bah! Un FIAP es cualquier cosa”.
Me pregunto si la agencia que se inventó el matrimonio panda, piensa lo mismo.
En la recepción de hotel me preparé mentalmente para ser ignorado porque de seguro yo reconocería el rostro de muchos de ellos sin que ellos conocerían el mío, pero al presentar mi ficha inscripción y subir las escaleras, me encontré con que la mayoría de los asistentes eran estudiantes. A muchos los conocía. Pero bueno, hasta ahora era el primer día del FIAP y la mayoría de mis colegas de los diferentes departamentos creativos, deben estar atareados con ajustes de última hora sobre piezas que al día siguiente deben salir al aire. Obviamente ante estos afanes, ni al cliente ni a los directores de las agencias les importa mucho si sus creativos asisten a recibir unos premios. Con frecuencia uno se encuentra con ajustes absurdos dichos 5 minutos antes de las 6:00 pm, estimulando un recurrente instinto criminal contra los clientes. A pesar de eso al otro día regresamos al trabajo con la disposición para seguir haciendo un poco más amable lo aburrido del consumismo, dándole a las hamburguesas la imagen de un payaso, al internet el vestido de un oso panda, a la publicidad el disfraz de la diversión.
Al siguiente día comenzaron las conferencias, una de ellas se llamaba algo así como “Vanguardia en manejo de la imagen publicitaria”. ¡Vaya título! Con ese nombre se puede hacer un post grado. Inicialmente lamenté muchísimo haber llegado tarde y perdérmela, entonces para pasar el tiempo di un tour por los diferentes stands del lobby, cargándome con kilos de merchandising, que me evitaron volver a comprar un lapicero en cinco meses. Cuando se abrió la puerta del salón de conferencias, una amiga mía salió indignada. Parece que la ya nombrada “Vanguardia en manejo de imagen publicitaria” no era más que la charla de ventas de un banco de imágenes tratando de captar nuevos clientes. Por suerte esa noche era el coctel de inauguración del festival, lo que nos ayudaría a olvidar con quesos, vinos y farándula, este tipo de animaladas.
A pesar de que algunos de los trabajos exhibidos eran interesantes, de que las conferencias que siguieron fueron realmente buenas y que estaban a cargo de reconocidos publicitarios de la región, no fueron suficientes para atraer al mismo número de creativos que atrajo el coctel. Los salones inmensos y muy bien adecuados, se veían aún más gigantes con la poca cantidad de asistentes, casi todos estudiantes. Esta supuesta fiesta de la publicidad iberoamericana más parecía un sábado en la universidad.
Esa idea inicial de que la cantidad de trabajo no permitía que los creativos locales asistieran a los premios, ya se me iba debilitando. Tal parece que a ellos no les interesa conocer los trabajos de sus colegas, ni ver qué tienen que decir los conferencistas, quienes en general manejan los hilos de las grandes redes publicitarias del mundo. Les importa más beber gratis en el coctel de inauguración y esperar desde su oficina la posibilidad de ganar un galardón que le de coraje al ego. Bueno, yo lo entiendo, en alguna oportunidad hay que desquitarse. Muchas veces hemos trabajado por días enteros hasta la madrugada para que el cliente vea 3 campañas diferentes con piezas para televisión, radio, revistas, vía pública y medios alternativos. Luego, saca a flote al creativo frustrado y cuadripléjico que hay en algún lugar de su emponzoñada cabeza, y decide mezclar los textos de la primera opción, con las fotos de la segunda y la estrategia de la tercera. Nuevamente nos desvelamos armando ese Frankenstein publicitario, para que semanas después termine haciendo solamente un volante, por cuestión de presupuesto. Si sumamos estas ganas de colgarlo de las pelotas junto con el desencanto por una profesión que parecía mucho más divertida, a uno no le dan ganas de ir a unos premios a escuchar a unos vejetes con más éxito que uno. Señores conferencistas ¡quédense en su parnaso publicitario! Por mi parte me quedaré en la oficina tratando de convencer al tarado de turno que los Frankenstein no funcionan en publicidad.
La noche de entrega de los premios todo simulaba ser diferente. Los presentadores desempolvaron sus corbatas y tacones, el escenario tenía todas las codiciadas estatuillas en oro, plata y bronce. A pesar del esfuerzo de los organizadores, el salón continuaba parcialmente vacío. Leyeron el primer ganador de la noche, no había nadie en la sala para recibirlo. Igual pasó con el segundo, el tercero y con la mayoría de los ganadores. Los pocos que subieron a buscar su premio, lo hacían de manera apresurada, como si les molestara hacerlo. Incluso le oí decir a uno de los asistentes que estaba unas sillas más atrás “¡Bah! Un FIAP no es gran cosa”. Definitivamente esto de los festivales y los premios es un negocio de vanidades. Por un lado los creativos ven atropellada su vocación laboral cuando después de presentar una campaña, los clientes cambian a un simpático panda por un monstruo publicitario. Luego se organizan festivales cuya inscripción es bastante costosa, en los que las agencias invierten para resarcir en algo su maltrecho ego corporativo, y así sentir que son los mejores en algo. Finalmente, es tan alto el egocentrismo, que este mismo les impide asistir a los premios, para no demostrar que los desean.
Días después fui a la oficina de un Director Creativo a mostrarle mi trabajo. Él me atendió muy amablemente y me hizo seguir a su oficina donde tenía una repisa de cristal grueso justo en frente de la puerta, con la estatuilla del último FIAP que se había ganado. Yo le dije “¿Te ganaste un FIAP? ¡Felicitaciones!”. Él respondió “¡Bah! Un FIAP es cualquier cosa”.
Me pregunto si la agencia que se inventó el matrimonio panda, piensa lo mismo.
martes 27 de enero de 2009
12- EN LA SALA DEL RECTÁNGULO NEGRO
Ahí estaba yo frente al rectángulo negro, en aquel momento no había nadie más en la sala. Él estaba empotrado en la pared del museo tratando de decirme que yo soy poca cosa para valorarlo. Me incliné ligeramente para apreciar el reflejo que la luz de la sala tenía sobre su superficie, también lo vi de perfil a ver si se trataba de una de esas obras de ilusión óptica, pero nada. Era el mismo rectángulo sombrío, prudente, estoico, que colgaba de una de las paredes del Museo Municipal de Bellas Artes de Rosario. A su lado estaba una inscripción que decía:
“El Caos”
Técnica Mixta
Premio adquisición salón de arte moderno 1993.
Después de esto debería entenderlo todo, pero la verdad es que nada comprendí. Cómo es posible que alguien que pinte un rectángulo negro y lo asocie con el caos, sea capaz de denominarse artista. ¡Ah! ¡Además ganar un premio! Empecé a imaginarme el resto de cuadros de este autor. Bien podrían ser un círculo blanco titulado “La Calma”, o un triángulo rojo llamado “La Pasión”. ¡Qué divertido es ser artista! La mofa se me convirtió en angustia cuando recordé que esta apología al sincretismo había ganado un premio, eso sólo puede significar dos cosas: o tanto el artista como el jurado tienen el cerebro agujereado por el olor penetrante del óleo o yo soy un imbécil conceptual.
Con algo de pánico dejé la sala del rectángulo negro para recorrer el resto de las exposiciones. Desde ese momento no me importaron las obras, mi principal interés era testearme a mí mismo para saber si en verdad mis conocimientos en arte son tan precarios como para impedirme entender una obra conceptual. Pasé por la sala de retratos del renacimiento, barroco y clasicismo, sin encontrar mayor novedad. Luego el impresionismo y sus choques de luz, me ratificaban que algo entendía yo de esto. Seguí por la sala del expresionismo y toda la cantidad de desequilibrios que derivó como el surrealismo, cubismo, abstraccionismo y demás chifladuras terminadas en ismo. Desde que tengo 15 años soy visitante de museos y algo de apreciación artística debo tener en la cabeza, sin embargo ese enajenado rectángulo negro todavía me parecía un insulto para cualquier inteligencia. Creo que a veces los artistas se dan recreos dentro de sus obras, permitiéndose burlarse de quienes los admiran para saber qué tanto conocen ellos de arte. Es similar al cuento de “El traje nuevo del emperador” de Andersen. Es como si el cuadro nos gritara “Yo soy arte y soy premiado. Si dices que te gusto demostrarás a los demás que sabes de arte, porque un jurado ya me premió. Si no te gusto, corres el riesgo que quienes aparentan entenderme te traten como un estúpido”. Pues bien rectangulito negro, a este estúpido no le agradas.
Días después fui al “Palais de Glace”, llevado por el interés que me despertaba su historia. A comienzos del siglo pasado fue construido para ser una pista de patinaje sobre hielo, diez años después fue utilizado como salón de baile (milonga) y luego fue adaptado para ser museo. Las obras cuelgan sobre la estructura circular de las paredes, y tanto esculturas como instalaciones están ubicadas debajo de un gran domo donde la luz entra escandalosamente, justo donde estaba la pista de patinaje. Es una construcción poco convencional, al igual que las obras que exhibe. Mi recorrido comenzó por las instalaciones, la mayoría de ellas eran realmente cautivantes pero otras parecían primas hermanas del rectángulo negro. Había una que consistía en dos paneles de acero y uno de vidrio grueso, colocados transversalmente. La obra tenía más de dos metros de alta y las uniones entra cada uno de sus paneles eran desiguales. Es una rareza completa, difícil de entender y de describir. Por fin ubiqué la ficha en la que estaba su título, esperaba que me diera pistas de lo que significaba este armatoste de lata y vidrio. La ficha decía:
“Sin Título”
Técnica Mixta
Primer Lugar
¡Me lleva el chanfle! No tenía ni la menor señal de lo que significaba esto, y a juzgar por el título y por el premio, podía deducir que el autor y el jurado tampoco lo sabían. Es irresponsable hacer un delirio con dos pedazos de latas gigantes y titularlo “Sin título”. Esta vez no quise apresurarme a sacar conjeturas así que esperé a que la guía del museo diera una visita guiada, mientras tanto continué con una obra que en verdad me llamara la atención.
Había una repisa con 5 ó 6 frascos grandes con agua, los cuales tenían una papa en su interior. Cada papá estaba dando raíces, algunas eran tan largas que se salían del frasco. La repisa estaba bañada por unas luces de neón y la contenía una estructura metálica que daba la sensación de modernidad y tecnología. Me pareció una síntesis bastante inteligente que representaba a los cultivos transgénicos, la forma artificial de procrear vegetales y las condiciones tecnológicas que cada vez invadían más el entorno del hombre. La guía del museo dijo que la autora de esta obra simplemente quiso representar el origen de todo lo que vemos, y que la estructura metálica no tenía ninguna justificación. ¡Rayos! Prefiero el significado que yo le di.
Pero de eso se trata el arte. De que cada uno tenga la libertad de darle el sentido que le venga en gana, de esta forma el espectador se vuelve cómplice de la obra. Por eso los artistas no quieren comprometerse con ninguna pista, y a sus delirios mal terminados los llaman “Sin título”. Otro punto que hay que tener en cuenta en esto de la observación de arte, es que no siempre representan un concepto. Es decir, hay obras que por su color, forma y demás características pueden transmitir soledad, tristeza, alegría, exaltación, ira o situaciones más complejas como el problema de los transgénicos. Sin embargo hay otras que tienen su propia fuerza interna y que no se pueden encasillar en una palabra. Son obras que vibran sin que nosotros sepamos por qué. El arte es un medio de expresión y a veces lo que expresa no se puede decir ni con palabras ni con ninguna otra herramienta distinta al nuevo lenguaje que encuentra un autor en cada obra. Después de todo si cada cosa que se transmite se pudiera expresar verbalmente, el arte no sería necesario.
Entonces creí haber encontrado una gran respuesta que evitaría que el arte me volviera a desconcertar, me sentí iluminado por el resplandor estruendoso del domo. Definitivamente me sirvió haber observado por quinta vez, la obra de las latas gigantes que había ganado el primer lugar. Enseguida empezó la visita guiada del museo cortando a machetazos la inspiración del momento, recordándome esa sensación de estar en la sala del rectángulo negro. La guía daba apreciaciones certeras del autor de cada obra facilitando el encantamiento con cada una de ellas, pero al llegar a las latas monumentales del primer lugar, ella dijo: “Esta obra tiene una gran fuerza, por eso ganó. Además el autor es diseñador industrial y le dio a esta propuesta algo especial que no tiene ninguna otra… Un par de rueditas en la base, que permiten desplazarla con facilidad”.
La gente sonreía y aplaudía muy nerviosamente. No había nada que entender. Era un primer lugar.
“El Caos”
Técnica Mixta
Premio adquisición salón de arte moderno 1993.
Después de esto debería entenderlo todo, pero la verdad es que nada comprendí. Cómo es posible que alguien que pinte un rectángulo negro y lo asocie con el caos, sea capaz de denominarse artista. ¡Ah! ¡Además ganar un premio! Empecé a imaginarme el resto de cuadros de este autor. Bien podrían ser un círculo blanco titulado “La Calma”, o un triángulo rojo llamado “La Pasión”. ¡Qué divertido es ser artista! La mofa se me convirtió en angustia cuando recordé que esta apología al sincretismo había ganado un premio, eso sólo puede significar dos cosas: o tanto el artista como el jurado tienen el cerebro agujereado por el olor penetrante del óleo o yo soy un imbécil conceptual.
Con algo de pánico dejé la sala del rectángulo negro para recorrer el resto de las exposiciones. Desde ese momento no me importaron las obras, mi principal interés era testearme a mí mismo para saber si en verdad mis conocimientos en arte son tan precarios como para impedirme entender una obra conceptual. Pasé por la sala de retratos del renacimiento, barroco y clasicismo, sin encontrar mayor novedad. Luego el impresionismo y sus choques de luz, me ratificaban que algo entendía yo de esto. Seguí por la sala del expresionismo y toda la cantidad de desequilibrios que derivó como el surrealismo, cubismo, abstraccionismo y demás chifladuras terminadas en ismo. Desde que tengo 15 años soy visitante de museos y algo de apreciación artística debo tener en la cabeza, sin embargo ese enajenado rectángulo negro todavía me parecía un insulto para cualquier inteligencia. Creo que a veces los artistas se dan recreos dentro de sus obras, permitiéndose burlarse de quienes los admiran para saber qué tanto conocen ellos de arte. Es similar al cuento de “El traje nuevo del emperador” de Andersen. Es como si el cuadro nos gritara “Yo soy arte y soy premiado. Si dices que te gusto demostrarás a los demás que sabes de arte, porque un jurado ya me premió. Si no te gusto, corres el riesgo que quienes aparentan entenderme te traten como un estúpido”. Pues bien rectangulito negro, a este estúpido no le agradas.
Días después fui al “Palais de Glace”, llevado por el interés que me despertaba su historia. A comienzos del siglo pasado fue construido para ser una pista de patinaje sobre hielo, diez años después fue utilizado como salón de baile (milonga) y luego fue adaptado para ser museo. Las obras cuelgan sobre la estructura circular de las paredes, y tanto esculturas como instalaciones están ubicadas debajo de un gran domo donde la luz entra escandalosamente, justo donde estaba la pista de patinaje. Es una construcción poco convencional, al igual que las obras que exhibe. Mi recorrido comenzó por las instalaciones, la mayoría de ellas eran realmente cautivantes pero otras parecían primas hermanas del rectángulo negro. Había una que consistía en dos paneles de acero y uno de vidrio grueso, colocados transversalmente. La obra tenía más de dos metros de alta y las uniones entra cada uno de sus paneles eran desiguales. Es una rareza completa, difícil de entender y de describir. Por fin ubiqué la ficha en la que estaba su título, esperaba que me diera pistas de lo que significaba este armatoste de lata y vidrio. La ficha decía:
“Sin Título”
Técnica Mixta
Primer Lugar
¡Me lleva el chanfle! No tenía ni la menor señal de lo que significaba esto, y a juzgar por el título y por el premio, podía deducir que el autor y el jurado tampoco lo sabían. Es irresponsable hacer un delirio con dos pedazos de latas gigantes y titularlo “Sin título”. Esta vez no quise apresurarme a sacar conjeturas así que esperé a que la guía del museo diera una visita guiada, mientras tanto continué con una obra que en verdad me llamara la atención.
Había una repisa con 5 ó 6 frascos grandes con agua, los cuales tenían una papa en su interior. Cada papá estaba dando raíces, algunas eran tan largas que se salían del frasco. La repisa estaba bañada por unas luces de neón y la contenía una estructura metálica que daba la sensación de modernidad y tecnología. Me pareció una síntesis bastante inteligente que representaba a los cultivos transgénicos, la forma artificial de procrear vegetales y las condiciones tecnológicas que cada vez invadían más el entorno del hombre. La guía del museo dijo que la autora de esta obra simplemente quiso representar el origen de todo lo que vemos, y que la estructura metálica no tenía ninguna justificación. ¡Rayos! Prefiero el significado que yo le di.
Pero de eso se trata el arte. De que cada uno tenga la libertad de darle el sentido que le venga en gana, de esta forma el espectador se vuelve cómplice de la obra. Por eso los artistas no quieren comprometerse con ninguna pista, y a sus delirios mal terminados los llaman “Sin título”. Otro punto que hay que tener en cuenta en esto de la observación de arte, es que no siempre representan un concepto. Es decir, hay obras que por su color, forma y demás características pueden transmitir soledad, tristeza, alegría, exaltación, ira o situaciones más complejas como el problema de los transgénicos. Sin embargo hay otras que tienen su propia fuerza interna y que no se pueden encasillar en una palabra. Son obras que vibran sin que nosotros sepamos por qué. El arte es un medio de expresión y a veces lo que expresa no se puede decir ni con palabras ni con ninguna otra herramienta distinta al nuevo lenguaje que encuentra un autor en cada obra. Después de todo si cada cosa que se transmite se pudiera expresar verbalmente, el arte no sería necesario.
Entonces creí haber encontrado una gran respuesta que evitaría que el arte me volviera a desconcertar, me sentí iluminado por el resplandor estruendoso del domo. Definitivamente me sirvió haber observado por quinta vez, la obra de las latas gigantes que había ganado el primer lugar. Enseguida empezó la visita guiada del museo cortando a machetazos la inspiración del momento, recordándome esa sensación de estar en la sala del rectángulo negro. La guía daba apreciaciones certeras del autor de cada obra facilitando el encantamiento con cada una de ellas, pero al llegar a las latas monumentales del primer lugar, ella dijo: “Esta obra tiene una gran fuerza, por eso ganó. Además el autor es diseñador industrial y le dio a esta propuesta algo especial que no tiene ninguna otra… Un par de rueditas en la base, que permiten desplazarla con facilidad”.
La gente sonreía y aplaudía muy nerviosamente. No había nada que entender. Era un primer lugar.
martes 20 de enero de 2009
11- ¿POR QUÉ ME MIRAS SI NO ME QUIERES PARA BAILAR?
La mente tiene un mecanismo para enfrentar lo desconocido, tal vez lo emplee por temor a lo que pueda descubrir o por ahorrarse el trabajo de conocerlo o simplemente por alardear que conoce el todo con apenas una pequeña muestra. Aunque este mecanismo sólo conduzca a la ignorancia, nuestro cerebro pareciera estar predispuesto a utilizarlo. Basta de preámbulos, este problema tan cotidiano no los merece, estoy hablando de “GENERALIZAR”. Presumimos que todos los peruanos se enamoran en las polladas, que todos los irlandeses son borrachos, que todas las suecas son actrices porno, que todos los colombianos cultivamos droga, y cuando comenzamos a investigar nuestros prejuicios empiezan a debilitarse. Yo creía, o por lo menos lo presumía, que la mayoría de los argentinos bailaban tango. Me los imaginaba de chicos saliendo del colegio hacia sectores como “San Telmo” o “Abasto”, con el torso erguido y los zapatos brillantes. ¡Pues no señores! Acá se escucha reggaetón, rock y pop como en cualquier lado, y los argentinos que bailan tango son una minoría comparados con los que bailan electrónico, sin embargo quienes lo hacen son muy consagrados a mantener vivo este baile como un monumento a su nacionalidad. Luego de ser consciente del error al que mis prejuicios me habían llevado, decidí emprender un recorrido por esa Argentina tanguera que uno ve en postales desde el exterior, pero no hablo de recorrer “Caminito” o algún sector tradicional, me refiero a adentrarme en el espíritu del tango, descubriendo los lugares adecuados para bailarlo, empaparme de lunfardo, y por qué no, aprender uno que otro movimiento que me permita defenderme en una pista.
Llegó el sábado, y con él mis primeras clases de tango en Buenos Aires. Las tomé en una academia que me habían recomendado situada en mi barrio, Flores. Para ser honesto yo ya había tomado hace años tres clases de tango pero no recordaba ni con qué pie debía arrancar, así que entré a clase como si no hubiera tenido ningún contacto con este baile. La primera clase fue algo incómoda porque éramos tres hombres y una mujer en el nivel básico, lo que significaba que los varones teníamos que ser pacientes y esperar a que la mujer bailara con todos. Me enseñaron la forma de tomar la pareja, la mirada y los ocho pasos básicos, entonces dos de nosotros ensayábamos solos frente al espejo para que al momento de que nos tocará el derecho a pareja, no le hiciéramos perder el ritmo. Ella - una señora de mirada seria quince años mayor que mi mamá - se había convertido en la reina de la pista de principiantes. Al final de la clase me informaron de algunos salones de baile tradicionales a los que los profesores y los alumnos más aventajados solían ir a bailar, ese dato me podría servir para cuando pueda moverme en la pista sin pisar a mi pareja más de dos veces.
El fin de semana siguiente regresé a clase con el conformismo de quien estudia y nada aprende. Iba dispuesto a encontrarme de nuevo con la señora reina de los principiantes y tratar de simular alguna sensualidad en mis pasos, tal como lo indicaba el instructor. Mi poco talento para el baile me hizo mejores las cosas, porque tanto la señora como los otros dos alumnos ya habían subido de nivel, así que en el básico sólo estaba yo junto con otro tipo y cinco chicas nuevas. Vaya, ahora yo era el alumno aventajado y podía servirle al instructor para que los demás vieran cómo se hacen los pasos. El instructor dijo que diera una vuelta al salón con una de ellas y que luego la cambiara por otra, esto con el fin de que todas pudieran practicar. Mientras yo bailaba con mi pareja de turno veía como las demás aguardaban en una esquina practicando los pasos entre ellas y cuando yo me acercaba a esa esquina todas querían que las sacara a bailar y me miraban con cara de novia en domingo. Así me era más sencillo entender eso de la sensualidad, del garbo en el torso, de dominar el baile, esas vueltas que da el tango ya me estaban gustando. Al final de la clase esta vez sí presté atención para saber dónde quedaban las milongas o salones de baile, porque creía que ya estaba listo para hacer un ridículo menor.
Convencí a una amiga brasilera de la importancia de conocer el verdadero ambiente tanguero de Buenos Aires y nos fuimos al salón Canning sobre la avenida Scalabrini Ortíz. Buscábamos un salón clásico, tradicional, y sí tenía show de bailarines profesionales pues mucho mejor. Techos altos, gigantografías de Gardel, paredes con firuletes neo clásicos, y los asistentes impecablemente arreglados y perfumados, casi todos mayores de 40. De nuevo éramos los más jóvenes del lugar y los menos formales. De entrada me llamó la atención la ritualidad con la que se desenvuelven dentro del salón, ellos están serios pero al mismo tiempo parecen estar divirtiéndose, estar acá es como ir a una discoteca hace 80 años. Este es el boliche de los viejos.
Quisimos acompañar este baile con una bebida acorde a la ocasión como un champagne o un buen vino, pero después de pagar las entradas y consultar nuestros bolsillos, sólo nos alcanzaba para cerveza. Sin más reparo pedimos el primer litro de la noche y sorprendentemente nos lo trajeron envuelto en servilletas de tela sobre una jarra con hielo, tal como se sirve una botella de champagne, lo cual nos motivó a pedir dos litros más. Qué lugar este, hasta la cerveza se vestía de gala mientras nosotros seguíamos con los mismos jeans rotos con los que íbamos a recitales de rock. Esa informalidad nos daba licencia para hacer cosas poco ortodoxas, como interrumpir el idilio de una pareja de uruguayos que estaban en la mesa de al lado para preguntarles sobre todo el protocolo que se debe tener en cuenta al momento de entrar a una milonga. Ellos muy amablemente nos explicaron que al hombre le bastaba con mirar fijamente a una mujer para sacarla a bailar, si ella correspondía con la mirada entonces se daba el baile pero si la mujer no estaba interesada entonces desviaba la mirada. Luego las parejas bailaban tres tangos seguidos tratando de entenderse con más movimientos que palabras, después venía la música de corte que consistía en un fragmento de dos minutos de algún ritmo tropical o brasilero que nada tenía que ver con el tango. El objetivo de esta música era que las parejas detuvieran su baile y acordaran si continuaban bailando o si buscaban otra pareja.
Los conocimientos de nuestros guías uruguayos llegaban a tal punto que podían identificar los tipos de baile. Ellos comentaban: “aquella pareja del fondo hace un baile clásico, ese es el estilo porteño. Los de la izquierda están un poco más relajados, con menor intensidad, es el tango que enseñan las escuelas de ahora. Y los de la esquina, que está bien pegados, bailan al estilo uruguayo, esos deben ser de Montevideo”. Bueno, realmente no sé qué tanto había de cierto en su clasificación de bailes, bien podrían estarse aprovechando de nuestra ignorancia en el tema, lo cierto es que después de tanta charla dancística ya me estaba animando a salir a bailar. Me preparaba moviendo los pies debajo de la mesa muy disimuladamente, tratando de repasar los famosos 8 pasos básicos que había aprendido. Después del segundo litro de cerveza ya me sentí listo para bailar con la brasilera, pero ella aprendió tan bien las lecciones dadas por la pareja de uruguayos, que me esquivó la mirada con la más cínica de las risas y me dijo “¿Por qué me miras si no me quieres para bailar?” Tengo entendido que esa es una expresión muy común en el sur de Brasil, que se ajustaba perfecto a la situación porque realmente yo no estaba preparado para semejante proeza.
No había caso, ese ridículo lo teníamos que postergar para cuando tuviéramos más conocimientos en la materia. A pesar de todo yo me sentía satisfecho sobre todo cuando sonaba la música de corte, tal vez se debía a que era el único ritmo en ese salón que yo medianamente podía bailar, o se debía a lo gracioso que se veían unos expertos bailarines de tango moviéndose descoordinadamente al ritmo de Celia Cruz. Definitivamente las cosas salieron como tenían que salir, era mejor que nosotros nos riéramos de lo mal que bailan la música de corte y no que ellos se burlaran del desastre que somos bailando tango.
Al salir de allí entramos a un bar de rock setentero con cerveza barata y mesas con mal de Parkinson, en el que nuestros jeans encajaban perfectamente. Era inminente la necesidad de volver a nuestro redil rockero después de tanto tango, porque aunque yo ya había aprendido mi lección de no generalizar sobre lo desconocido, no quería darles la oportunidad a los asistentes del salón Canning para que presumieran que todos los colombianos o brasileros somos unos ineptos para los ritmos del río de la plata. Basta con ir a “Caminito” para encontrarse con orquestas de tango y bailarines en la calle, que se toman fotos con muchos turistas. Yo me tomé una foto con una bailarina pensando que se trataba de una linda y hábil tanguera porteña. Luego me despedí de ella y me dijo con un tenue acento antioqueño “Tú eres de Bogotá, ¿cierto?”.
Llegó el sábado, y con él mis primeras clases de tango en Buenos Aires. Las tomé en una academia que me habían recomendado situada en mi barrio, Flores. Para ser honesto yo ya había tomado hace años tres clases de tango pero no recordaba ni con qué pie debía arrancar, así que entré a clase como si no hubiera tenido ningún contacto con este baile. La primera clase fue algo incómoda porque éramos tres hombres y una mujer en el nivel básico, lo que significaba que los varones teníamos que ser pacientes y esperar a que la mujer bailara con todos. Me enseñaron la forma de tomar la pareja, la mirada y los ocho pasos básicos, entonces dos de nosotros ensayábamos solos frente al espejo para que al momento de que nos tocará el derecho a pareja, no le hiciéramos perder el ritmo. Ella - una señora de mirada seria quince años mayor que mi mamá - se había convertido en la reina de la pista de principiantes. Al final de la clase me informaron de algunos salones de baile tradicionales a los que los profesores y los alumnos más aventajados solían ir a bailar, ese dato me podría servir para cuando pueda moverme en la pista sin pisar a mi pareja más de dos veces.
El fin de semana siguiente regresé a clase con el conformismo de quien estudia y nada aprende. Iba dispuesto a encontrarme de nuevo con la señora reina de los principiantes y tratar de simular alguna sensualidad en mis pasos, tal como lo indicaba el instructor. Mi poco talento para el baile me hizo mejores las cosas, porque tanto la señora como los otros dos alumnos ya habían subido de nivel, así que en el básico sólo estaba yo junto con otro tipo y cinco chicas nuevas. Vaya, ahora yo era el alumno aventajado y podía servirle al instructor para que los demás vieran cómo se hacen los pasos. El instructor dijo que diera una vuelta al salón con una de ellas y que luego la cambiara por otra, esto con el fin de que todas pudieran practicar. Mientras yo bailaba con mi pareja de turno veía como las demás aguardaban en una esquina practicando los pasos entre ellas y cuando yo me acercaba a esa esquina todas querían que las sacara a bailar y me miraban con cara de novia en domingo. Así me era más sencillo entender eso de la sensualidad, del garbo en el torso, de dominar el baile, esas vueltas que da el tango ya me estaban gustando. Al final de la clase esta vez sí presté atención para saber dónde quedaban las milongas o salones de baile, porque creía que ya estaba listo para hacer un ridículo menor.
Convencí a una amiga brasilera de la importancia de conocer el verdadero ambiente tanguero de Buenos Aires y nos fuimos al salón Canning sobre la avenida Scalabrini Ortíz. Buscábamos un salón clásico, tradicional, y sí tenía show de bailarines profesionales pues mucho mejor. Techos altos, gigantografías de Gardel, paredes con firuletes neo clásicos, y los asistentes impecablemente arreglados y perfumados, casi todos mayores de 40. De nuevo éramos los más jóvenes del lugar y los menos formales. De entrada me llamó la atención la ritualidad con la que se desenvuelven dentro del salón, ellos están serios pero al mismo tiempo parecen estar divirtiéndose, estar acá es como ir a una discoteca hace 80 años. Este es el boliche de los viejos.
Quisimos acompañar este baile con una bebida acorde a la ocasión como un champagne o un buen vino, pero después de pagar las entradas y consultar nuestros bolsillos, sólo nos alcanzaba para cerveza. Sin más reparo pedimos el primer litro de la noche y sorprendentemente nos lo trajeron envuelto en servilletas de tela sobre una jarra con hielo, tal como se sirve una botella de champagne, lo cual nos motivó a pedir dos litros más. Qué lugar este, hasta la cerveza se vestía de gala mientras nosotros seguíamos con los mismos jeans rotos con los que íbamos a recitales de rock. Esa informalidad nos daba licencia para hacer cosas poco ortodoxas, como interrumpir el idilio de una pareja de uruguayos que estaban en la mesa de al lado para preguntarles sobre todo el protocolo que se debe tener en cuenta al momento de entrar a una milonga. Ellos muy amablemente nos explicaron que al hombre le bastaba con mirar fijamente a una mujer para sacarla a bailar, si ella correspondía con la mirada entonces se daba el baile pero si la mujer no estaba interesada entonces desviaba la mirada. Luego las parejas bailaban tres tangos seguidos tratando de entenderse con más movimientos que palabras, después venía la música de corte que consistía en un fragmento de dos minutos de algún ritmo tropical o brasilero que nada tenía que ver con el tango. El objetivo de esta música era que las parejas detuvieran su baile y acordaran si continuaban bailando o si buscaban otra pareja.
Los conocimientos de nuestros guías uruguayos llegaban a tal punto que podían identificar los tipos de baile. Ellos comentaban: “aquella pareja del fondo hace un baile clásico, ese es el estilo porteño. Los de la izquierda están un poco más relajados, con menor intensidad, es el tango que enseñan las escuelas de ahora. Y los de la esquina, que está bien pegados, bailan al estilo uruguayo, esos deben ser de Montevideo”. Bueno, realmente no sé qué tanto había de cierto en su clasificación de bailes, bien podrían estarse aprovechando de nuestra ignorancia en el tema, lo cierto es que después de tanta charla dancística ya me estaba animando a salir a bailar. Me preparaba moviendo los pies debajo de la mesa muy disimuladamente, tratando de repasar los famosos 8 pasos básicos que había aprendido. Después del segundo litro de cerveza ya me sentí listo para bailar con la brasilera, pero ella aprendió tan bien las lecciones dadas por la pareja de uruguayos, que me esquivó la mirada con la más cínica de las risas y me dijo “¿Por qué me miras si no me quieres para bailar?” Tengo entendido que esa es una expresión muy común en el sur de Brasil, que se ajustaba perfecto a la situación porque realmente yo no estaba preparado para semejante proeza.
No había caso, ese ridículo lo teníamos que postergar para cuando tuviéramos más conocimientos en la materia. A pesar de todo yo me sentía satisfecho sobre todo cuando sonaba la música de corte, tal vez se debía a que era el único ritmo en ese salón que yo medianamente podía bailar, o se debía a lo gracioso que se veían unos expertos bailarines de tango moviéndose descoordinadamente al ritmo de Celia Cruz. Definitivamente las cosas salieron como tenían que salir, era mejor que nosotros nos riéramos de lo mal que bailan la música de corte y no que ellos se burlaran del desastre que somos bailando tango.
Al salir de allí entramos a un bar de rock setentero con cerveza barata y mesas con mal de Parkinson, en el que nuestros jeans encajaban perfectamente. Era inminente la necesidad de volver a nuestro redil rockero después de tanto tango, porque aunque yo ya había aprendido mi lección de no generalizar sobre lo desconocido, no quería darles la oportunidad a los asistentes del salón Canning para que presumieran que todos los colombianos o brasileros somos unos ineptos para los ritmos del río de la plata. Basta con ir a “Caminito” para encontrarse con orquestas de tango y bailarines en la calle, que se toman fotos con muchos turistas. Yo me tomé una foto con una bailarina pensando que se trataba de una linda y hábil tanguera porteña. Luego me despedí de ella y me dijo con un tenue acento antioqueño “Tú eres de Bogotá, ¿cierto?”.
lunes 8 de diciembre de 2008
10- PARADOJAS, ASADOS Y REGRESOS
En la misma cuadra en la que funciona uno de los pocos templos krishna que hay en la ciudad, esos que promueven el respeto por la vida de los animales y la comida vegetariana, queda uno de los mejores expendios de carne del barrio Flores. Todas las mañanas la gente acude al templo a tomar sus clases de Hatha Yoga y en las tardes van a la otra esquina a comprar los cortes más jugosos para el próximo asado. Es cierto, es una contradicción en menos de 100 metros, pero estos contrastes son difíciles de percibir en una ciudad donde la paradoja es una constante. Una cuadra más adelante queda una parada del colectivo 132, donde se puede ver a la gente formada en fila esperando hasta 20 minutos la llegada del vehículo. Esto es una postal del civismo, un modelo de paciencia urbana, sin embargo cuando abordan el colectivo todos corren en estampida hacia los asientos disponibles dejando de pie a alguna mujer con sus hijos. Los que no tenemos tanta capacidad de espera y optamos por caminar, nos encontramos con una contradicción más desagradable: aunque la ciudad tenga muy pocos perros callejeros, las calles están minadas de excremento canino. Obviamente procede de perros malcriados que duermen con su amo y comen alimento premium. Si los dueños son tan buenas personas con los perros, ¿por qué son tan perros con las personas y no recogen lo que hacen sus mascotas?
Bien sea en colectivo o caminando, tan pronto se ha conseguido la carne para el asado los contrasentidos no se quedan atrás. La despedida de alguno, la llegada de otro, un cumpleaños, la visita de una tía, una victoria de Boca, la caída de la bolsa de Nueva York, o el común acuerdo de unos amigos que desde hace tiempo no tienen motivos para celebrar, puede avivar la decisión de planear un asado. Bien podía ser preparar unas pizzas o tomar unas birras, pero cuando se cuenta con cortes de carne de más de 4 jugosos centímetros de ancho, bien vale la pena ser monotemático. Y es que un asado no se limita al hartazgo de carne de res, detrás hay una ritualidad gauchesca en la que todos participamos. Los invitados opinan sobre la cantidad exacta de carbón y leña que se debe colocar bajo la parrilla, también hablan de pasados asados en donde estuvieron y de todo el sabor que se le puede sacar a un riñón si se adoba de determinada manera. A pesar de estas acotaciones culinarias, el lugar del asador siempre es respetado. Él maneja los tiempos de cocción de las diferentes vísceras bovinas, por consiguiente también guía los temas de conversación. Durante la larga espera – que se hace más larga al oír crepitar la carne sin comer nada - se habla de la última locura de Maradona, de la humedad en el clima y hasta se recuerdan algunas consignas peronistas; en fin, el tipo de temas que llegan a la cabeza de un hambriento común. Luego aparecen las achuras y los choripanes, y desde ese momento la boca tiene pocos momentos libres para expresar lo que un cerebro aglutinado por carne vacuna puede pensar.
Al rato vienen las tiras de asado, los bifes, el vacío y demás partes de la vaca que mi estómago recuerda mejor que mi memoria. Se suelen acompañar con pan y ensalada. Los nutricionistas aconsejan que por cada porción de carne se debe comer el doble en verduras, si esto se aplicara en un asado argentino cada persona debería devorarse media verdulería. Pero como todo encuentra su equilibrio, durante los últimos asados hemos contado con 3 colombianos vegetarianos, que se encargan de recibir toda la ensalada que no nos cabe a nosotros. Esta situación es un mutualismo perfecto. Para ellos es disfrutar de una buena cena con un grupo de carnívoros que reciben las toxinas por ellos. Para nosotros es como tener a alguien que nos haga la tarea mientras nosotros nos ocupamos del placer. Ellos felices, nosotros felices, los nutricionistas felices.
Pensemos un poco en la situación de mis 3 compatriotas. No comen nada que haya tenido alma, tampoco beben licor, a pesar de eso están disfrutando igual que nosotros de la comida y el desorden. Algo raro les debe estar pasando porque a muy pocos se les ocurre llegar a Argentina, un país reconocido por la calidad de sus vacas, y volverse vegetariano. Eso es como ir a una playa nudista y abstenerse de mirar o salir con Pamela Anderson y negarse a filmarla. Ellos mismos al momento de llegar a Argentina se convirtieron en una paradoja, pero ahí están felices, riendo a la par del más borracho de la mesa a punta de berenjenas y tomates salados. Ellos son los amigos que todos queremos tener, porque nunca competirán contra nosotros por la última morcilla de la bandeja.
Después de 3 ó 4 platos de carne, con el estómago a tope y la mente vacía, se procede a desocupar las existencias de vino y cerveza. Generalmente cuando las botellas se abren aparece un genio o un idiota valiente – como el suscrito – que se las da de bardo tocando la guitarra. Lo bueno es que luego del frenesí etílico-alimenticio del asado, todos cantan y cualquiera puede ser el alma del festín. En ese instante los comensales se sienten un poco más unidos, y si antes faltaban motivos para festejar, ahora aparecen cual manada de vacas. El asado es un crimen compartido que deja un buen sabor de boca. Creo que este descubrimiento no es gaucho ni reciente, es factible suponer que los antiguos pobladores del mundo sabían que compartir carne los uniría, por eso en todas las culturas se inventaban dioses que exigían sacrificios. ¡Qué cómodos! Lo cierto es que al final del asado todos se comportan como viejos camaradas, a pesar de que con algunos sea la primera vez que se vean. Cuando el asado es de noche, esta unión circundante en la atmósfera influye para que los invitados empiecen a hacer planes inmediatos. Preguntan por boliches, espectáculos y parten hacia alguna fiesta donde se reunirán con gente que viene de otros asados con sonrisa de chinchulín. Los que no beben y se quedan en casa, tienen que arreglárselas para no ser uno de los infortunados que deben lavar los platos sucios. Cuando esa selección empieza a fraguarse yo ya estoy en algún expendio de licor o after asado - si se me permite la expresión - intentando que unas horas de movimiento apoyen mi digestión.
A la mañana siguiente encuentro algunas bandejas sucias que muy amablemente me reservaron para lavarlas cuando volviera. Ni siquiera la hermandad del asado, el ritual de la vaca que nos unió, me puede eximir de tal responsabilidad. Mientras abro la llave del lavaplatos y agarro una de las bandejas, pienso que siempre hay algo esperándonos al volver, bien sea después de un asado o de haber pasado un largo tiempo en otro país. Acá, invadido por el sueño y luchando contra la grasa vacuna de las bandejas, me llega a la mente la paradoja más grande y más feliz que descubrí en Buenos Aires. - Más brusca que la carnicería y el yoga, más irónica que un asado con vegetarianos. - Uno se va a otro país en busca de nuevas posibilidades, luego uno se convierte en extranjero y se da cuenta que más allá de los triunfos o las dificultades, la única posibilidad que siempre tiene abierta, es la del regreso.
Bien sea en colectivo o caminando, tan pronto se ha conseguido la carne para el asado los contrasentidos no se quedan atrás. La despedida de alguno, la llegada de otro, un cumpleaños, la visita de una tía, una victoria de Boca, la caída de la bolsa de Nueva York, o el común acuerdo de unos amigos que desde hace tiempo no tienen motivos para celebrar, puede avivar la decisión de planear un asado. Bien podía ser preparar unas pizzas o tomar unas birras, pero cuando se cuenta con cortes de carne de más de 4 jugosos centímetros de ancho, bien vale la pena ser monotemático. Y es que un asado no se limita al hartazgo de carne de res, detrás hay una ritualidad gauchesca en la que todos participamos. Los invitados opinan sobre la cantidad exacta de carbón y leña que se debe colocar bajo la parrilla, también hablan de pasados asados en donde estuvieron y de todo el sabor que se le puede sacar a un riñón si se adoba de determinada manera. A pesar de estas acotaciones culinarias, el lugar del asador siempre es respetado. Él maneja los tiempos de cocción de las diferentes vísceras bovinas, por consiguiente también guía los temas de conversación. Durante la larga espera – que se hace más larga al oír crepitar la carne sin comer nada - se habla de la última locura de Maradona, de la humedad en el clima y hasta se recuerdan algunas consignas peronistas; en fin, el tipo de temas que llegan a la cabeza de un hambriento común. Luego aparecen las achuras y los choripanes, y desde ese momento la boca tiene pocos momentos libres para expresar lo que un cerebro aglutinado por carne vacuna puede pensar.
Al rato vienen las tiras de asado, los bifes, el vacío y demás partes de la vaca que mi estómago recuerda mejor que mi memoria. Se suelen acompañar con pan y ensalada. Los nutricionistas aconsejan que por cada porción de carne se debe comer el doble en verduras, si esto se aplicara en un asado argentino cada persona debería devorarse media verdulería. Pero como todo encuentra su equilibrio, durante los últimos asados hemos contado con 3 colombianos vegetarianos, que se encargan de recibir toda la ensalada que no nos cabe a nosotros. Esta situación es un mutualismo perfecto. Para ellos es disfrutar de una buena cena con un grupo de carnívoros que reciben las toxinas por ellos. Para nosotros es como tener a alguien que nos haga la tarea mientras nosotros nos ocupamos del placer. Ellos felices, nosotros felices, los nutricionistas felices.
Pensemos un poco en la situación de mis 3 compatriotas. No comen nada que haya tenido alma, tampoco beben licor, a pesar de eso están disfrutando igual que nosotros de la comida y el desorden. Algo raro les debe estar pasando porque a muy pocos se les ocurre llegar a Argentina, un país reconocido por la calidad de sus vacas, y volverse vegetariano. Eso es como ir a una playa nudista y abstenerse de mirar o salir con Pamela Anderson y negarse a filmarla. Ellos mismos al momento de llegar a Argentina se convirtieron en una paradoja, pero ahí están felices, riendo a la par del más borracho de la mesa a punta de berenjenas y tomates salados. Ellos son los amigos que todos queremos tener, porque nunca competirán contra nosotros por la última morcilla de la bandeja.
Después de 3 ó 4 platos de carne, con el estómago a tope y la mente vacía, se procede a desocupar las existencias de vino y cerveza. Generalmente cuando las botellas se abren aparece un genio o un idiota valiente – como el suscrito – que se las da de bardo tocando la guitarra. Lo bueno es que luego del frenesí etílico-alimenticio del asado, todos cantan y cualquiera puede ser el alma del festín. En ese instante los comensales se sienten un poco más unidos, y si antes faltaban motivos para festejar, ahora aparecen cual manada de vacas. El asado es un crimen compartido que deja un buen sabor de boca. Creo que este descubrimiento no es gaucho ni reciente, es factible suponer que los antiguos pobladores del mundo sabían que compartir carne los uniría, por eso en todas las culturas se inventaban dioses que exigían sacrificios. ¡Qué cómodos! Lo cierto es que al final del asado todos se comportan como viejos camaradas, a pesar de que con algunos sea la primera vez que se vean. Cuando el asado es de noche, esta unión circundante en la atmósfera influye para que los invitados empiecen a hacer planes inmediatos. Preguntan por boliches, espectáculos y parten hacia alguna fiesta donde se reunirán con gente que viene de otros asados con sonrisa de chinchulín. Los que no beben y se quedan en casa, tienen que arreglárselas para no ser uno de los infortunados que deben lavar los platos sucios. Cuando esa selección empieza a fraguarse yo ya estoy en algún expendio de licor o after asado - si se me permite la expresión - intentando que unas horas de movimiento apoyen mi digestión.
A la mañana siguiente encuentro algunas bandejas sucias que muy amablemente me reservaron para lavarlas cuando volviera. Ni siquiera la hermandad del asado, el ritual de la vaca que nos unió, me puede eximir de tal responsabilidad. Mientras abro la llave del lavaplatos y agarro una de las bandejas, pienso que siempre hay algo esperándonos al volver, bien sea después de un asado o de haber pasado un largo tiempo en otro país. Acá, invadido por el sueño y luchando contra la grasa vacuna de las bandejas, me llega a la mente la paradoja más grande y más feliz que descubrí en Buenos Aires. - Más brusca que la carnicería y el yoga, más irónica que un asado con vegetarianos. - Uno se va a otro país en busca de nuevas posibilidades, luego uno se convierte en extranjero y se da cuenta que más allá de los triunfos o las dificultades, la única posibilidad que siempre tiene abierta, es la del regreso.
lunes 1 de diciembre de 2008
9- ADIÓS PAVLYUCHENKO
Durante un mes me acostumbré a levantarme después de mediodía con la cabeza puesta en 16 diferentes países a los que nunca he ido. Nombres como Sukur, Koller, Pavlyuchenko, se volvieron palabras recurrentes en la mayoría de mis conversaciones, haciéndome sentar frente a la pantalla con dotación de cerveza para 6 horas por día; luego fueron 4 horas, luego 2 y de repente nadie hablaba más de ellos. ¡Qué irresponsabilidad! ¿Qué se supone que debemos hacer con nuestras vidas los que seguimos minuto a minuto la Eurocopa de fútbol, después de que se ha terminado? ¿Acaso ningún medio pensó en lo vacías que quedarían nuestras vidas después de la final? El lunes siguiente a que España ganara la copa ante Rusia, me costó mucho no pensar en fútbol europeo. Yo sabía que se habían ido, que por más que lo deseara no volverían a jugar para mí, pero la ausencia que dejan en un seguidor de torneos sólo es comparable con el abandono de una novia. Digo comparable, porque a la novia uno la puede llamar de nuevo y entre mimos y tragos se puede gestionar un tiempo más de compañía. Pero con la Eurocopa es un absurdo. ¿A qué lugar de Rusia iba yo a llamar a Pavlyuchenko para decirle que no me abandonara en esas frías tardes de invierno? ¿Cómo lo convencía de que jugara una vez más contra Holanda o Suecia o contra quien le diera la gana y me regalará más horas de fútbol? Nada podía hacer. Había que afrontar la pena como todo un hombre, dejar las preguntas de lado y ser consciente que pueden pasar 2 ó 4 años antes de que vuelvan a traerle emoción a la vida de tanto desocupado. Durante esa semana veía algunos resúmenes del torneo, pero en lugar de reconfortarme me llenaban de nostalgia, porque recordaba lo feliz que había sido hace sólo unas semanas y pensaba en lo rápido que se me había escapado esa alegría. Si la Eurocopa fue un amor de vacaciones, los resúmenes eran los recuerdos de ese efímero romance. Ya no podía más. Unos amigos me recomendaron buscar algo que ocupara mi vida, que le impidiera a cualquier pensamiento cruzase por mi cabeza, así que contesté algunas solicitudes de empleo maquillando un poco mi perfil, y a los pocos días me llamaron a entrevista para trabajar de telemarketer.
Extrañamente llegué puntual. Nos metieron a 16 aspirantes en una sala a contar qué hacíamos y por qué queríamos el trabajo (16 es el mismo número de equipos participantes en la Eurocopa. Hay que superarlo). Ya en la sala el asunto se puso interesante porque la gran mayoría eran chicas vestidas para vender lo que sea, era como ir a un boliche de día con la posibilidad de conocerlas a todas sin tener que inventarse excusas extrañas para hablarles y sin invitarles ni un solo trago. Luego de un rato me di cuenta que la cuestión se trataba de hablar, de no ser tímido, así que me bastaron dos apuntes graciosos para ganarme la simpatía del grupo y apoderarme de un lugar en ese proceso de selección. Al día siguiente me llamaron, de los 16 sólo quedamos 7, yo era el único hombre.
Al terminar los 2 días de capacitación conociendo las diferentes artimañas con las que un telemarketer puede venderle banda ancha a los hogares españoles, nos citaron a exámenes médicos para comenzar a trabajar. Al salir de los exámenes decidimos ir a desayunar a una cafetería cercana, y como yo ya me había vuelto uno más del grupo, no sintieron ningún obstáculo para hablar de sus asuntos en mi presencia. Entre café y medialunas se intercambiaban datos de infidelidades, de rituales de depilación, de los pormenores del desempeño sexual de sus novios, de las maniobras que usaban para que ellos hicieran lo que ellas querían, y todo frente a mis narices. Era como estar en un baño de damas con su consentimiento. Mis compañeras eran bastante directas, iban a la venta, en verdad tenían potencial de telemarketers. Esa mañana aprendí mucho sobre la forma en que las mujeres manejan a los hombres sin que nos demos cuenta, me hubiera gustado recordar todo lo que dijeron pero no me dejaron tomar apuntes. Esta ocasión también fue aprovechada por ellas para consultarme sobre las reacciones masculinas que las desconcertaban, ante lo que respondí con las frases que ellas querían escuchar: “él no está preparado para ti”, “en el fondo él te valora” o la máxima “creo que es mejor que busques alguien que te tome en serio”. Realmente no juzgué a ningún hombre, me limité a decirles los eufemismos necesarios para ganarme su confianza. Al rato nos fuimos a firmar contrato dejando en claro que el próximo fin de semana teníamos que salir todos juntos para celebrar el nuevo trabajo.
Al momento de escoger el horario laboral, mi parte racional – la que pocas veces uso – tomó la decisión de que trabajar en la mañana era lo mejor porque me permitía tener la tarde libre para estudiar, escribir y buscar un mejor trabajo. Así que al día siguiente tenía que entrar a las 7:00 am., es decir levantarme a las 5:00 am., es decir acostarme sin ver Los Simpsons. Bueno, todo tiene un precio.
No sé a qué hora empezó a sonar ese despertador pero cuando abrí los ojos ya eran las 8:30 am. ¡Mierda, mi primer día y llego 4 horas tarde! Era lógico que pasara porque llevaba un mes con horario de Eurocopa, pero si mi jefa no conocía a Pavlyuchenko, jamás me entendería. Igual fui y puse la cara. Mi jefa – una gordita hiperactiva que aplaudía cada vez que alguien vendía – fue bastante comprensiva y me asignó un cubículo con audífonos (bincha) para las llamadas, una computadora para ver la base de datos, un teclado telefónico para marcar a España y un espejo de afeitar para que viera mis gestos ante el teléfono, porque según ella el cliente puede percibir por el teléfono las muecas que yo le hago mientras le hablo.
Hice mis primeras 10 llamadas con toda la cortesía del caso, tal como estaba escrito en un guión que nos entregaron durante la capacitación, pero aún así nadie quería hablar con un telemarketer, por lo que recibí varios desplantes telefónicos por parte de los españoles. Incluso uno me pidió que anotara su nombre y que le dijera a mis demás compañeros que no lo llamaran a él, porque no iba a comprarles nada. Después de la llamada 15 yo sólo quería cobrar mi salario básico y largarme sin ninguna comisión, insultando a todos los españoles que no querían hablar conmigo. Ya era experto en ignorar el dilema moral que me causaba decirles “su línea ha sido favorecida con una reducción de costo”, omitiendo que después de 3 meses pagarían tarifas mucho más altas.
Son las 12:00, nos vemos mañana a las 7:00 am. – me dijo mi jefa. –
Esa fue una orden que no tuvo que repetirme.
Al día siguiente llegué a las 11:00 am. y luego a las 10:00 am. Hice mi mayor esfuerzo pero convencer a unos españoles de que compren internet no es suficiente motivación para que yo me levante a las 5:00 am., así que no tuvieron más remedio que prescindir de mis servicios al tercer día. El jefe de personal estaba esa mañana esperándome, tan pronto me vio me dijo:
- ¿Vos sos Alejandro Cortés?
- Sí, soy yo.
- Che, te estaba esperando desde las 7 para hablar con vos.
- Yo también necesito hablar contigo. No puedo cumplir con el horario de la mañana, pásame a la tarde.
Él guardó silencio por 10 eternos segundos y comenzó su sermón muy exaltado.
- ¡Ya no se puede! Este es un trabajo serio donde tenés que cumplir normas básicas de…
- Bueno, entonces muchas gracias y disculpa las molestias.
- Una cosa antes de que te vayas. ¿De qué país sos?
- Mmmmm.
Esa pregunta para mí significaba “huye colombiano”. Regresé a mi casa con la satisfacción de no tener que engañar a más españoles para que compren internet, pero también había perdido la oportunidad de ganar algún dinero. Me preparé un café, me senté frente a la tele y obviamente la Eurocopa no estaba. Habían comenzado los Juegos Olímpicos desde Beijing. Desfilaron nadadores norteamericanos, jugadoras de hockey argentinas, velocistas jamaiquinos. ¡Qué bueno volver a tener el tiempo para poder verlos romper records! No me importaba si lo lograban, lo fundamental era que en 5 minutos de transmisión me había olvidado de los desplantes de los españoles, de no haber llegado hasta el fin de semana para concretar algo con las telemarketers, de colocar el despertador a las 5:00 am. con la esperanza de escucharlo al día siguiente. ¿Qué sería del hombre sin el deporte? Destapé una cerveza, me senté a ver a las atletas rusas. Una de ellas, la más rubia de todas, se me pareció físicamente a un jugador de la selección rusa de fútbol. Un tipo de apellido Pavchenko o Livchenko o algo parecido.
Extrañamente llegué puntual. Nos metieron a 16 aspirantes en una sala a contar qué hacíamos y por qué queríamos el trabajo (16 es el mismo número de equipos participantes en la Eurocopa. Hay que superarlo). Ya en la sala el asunto se puso interesante porque la gran mayoría eran chicas vestidas para vender lo que sea, era como ir a un boliche de día con la posibilidad de conocerlas a todas sin tener que inventarse excusas extrañas para hablarles y sin invitarles ni un solo trago. Luego de un rato me di cuenta que la cuestión se trataba de hablar, de no ser tímido, así que me bastaron dos apuntes graciosos para ganarme la simpatía del grupo y apoderarme de un lugar en ese proceso de selección. Al día siguiente me llamaron, de los 16 sólo quedamos 7, yo era el único hombre.
Al terminar los 2 días de capacitación conociendo las diferentes artimañas con las que un telemarketer puede venderle banda ancha a los hogares españoles, nos citaron a exámenes médicos para comenzar a trabajar. Al salir de los exámenes decidimos ir a desayunar a una cafetería cercana, y como yo ya me había vuelto uno más del grupo, no sintieron ningún obstáculo para hablar de sus asuntos en mi presencia. Entre café y medialunas se intercambiaban datos de infidelidades, de rituales de depilación, de los pormenores del desempeño sexual de sus novios, de las maniobras que usaban para que ellos hicieran lo que ellas querían, y todo frente a mis narices. Era como estar en un baño de damas con su consentimiento. Mis compañeras eran bastante directas, iban a la venta, en verdad tenían potencial de telemarketers. Esa mañana aprendí mucho sobre la forma en que las mujeres manejan a los hombres sin que nos demos cuenta, me hubiera gustado recordar todo lo que dijeron pero no me dejaron tomar apuntes. Esta ocasión también fue aprovechada por ellas para consultarme sobre las reacciones masculinas que las desconcertaban, ante lo que respondí con las frases que ellas querían escuchar: “él no está preparado para ti”, “en el fondo él te valora” o la máxima “creo que es mejor que busques alguien que te tome en serio”. Realmente no juzgué a ningún hombre, me limité a decirles los eufemismos necesarios para ganarme su confianza. Al rato nos fuimos a firmar contrato dejando en claro que el próximo fin de semana teníamos que salir todos juntos para celebrar el nuevo trabajo.
Al momento de escoger el horario laboral, mi parte racional – la que pocas veces uso – tomó la decisión de que trabajar en la mañana era lo mejor porque me permitía tener la tarde libre para estudiar, escribir y buscar un mejor trabajo. Así que al día siguiente tenía que entrar a las 7:00 am., es decir levantarme a las 5:00 am., es decir acostarme sin ver Los Simpsons. Bueno, todo tiene un precio.
No sé a qué hora empezó a sonar ese despertador pero cuando abrí los ojos ya eran las 8:30 am. ¡Mierda, mi primer día y llego 4 horas tarde! Era lógico que pasara porque llevaba un mes con horario de Eurocopa, pero si mi jefa no conocía a Pavlyuchenko, jamás me entendería. Igual fui y puse la cara. Mi jefa – una gordita hiperactiva que aplaudía cada vez que alguien vendía – fue bastante comprensiva y me asignó un cubículo con audífonos (bincha) para las llamadas, una computadora para ver la base de datos, un teclado telefónico para marcar a España y un espejo de afeitar para que viera mis gestos ante el teléfono, porque según ella el cliente puede percibir por el teléfono las muecas que yo le hago mientras le hablo.
Hice mis primeras 10 llamadas con toda la cortesía del caso, tal como estaba escrito en un guión que nos entregaron durante la capacitación, pero aún así nadie quería hablar con un telemarketer, por lo que recibí varios desplantes telefónicos por parte de los españoles. Incluso uno me pidió que anotara su nombre y que le dijera a mis demás compañeros que no lo llamaran a él, porque no iba a comprarles nada. Después de la llamada 15 yo sólo quería cobrar mi salario básico y largarme sin ninguna comisión, insultando a todos los españoles que no querían hablar conmigo. Ya era experto en ignorar el dilema moral que me causaba decirles “su línea ha sido favorecida con una reducción de costo”, omitiendo que después de 3 meses pagarían tarifas mucho más altas.
Son las 12:00, nos vemos mañana a las 7:00 am. – me dijo mi jefa. –
Esa fue una orden que no tuvo que repetirme.
Al día siguiente llegué a las 11:00 am. y luego a las 10:00 am. Hice mi mayor esfuerzo pero convencer a unos españoles de que compren internet no es suficiente motivación para que yo me levante a las 5:00 am., así que no tuvieron más remedio que prescindir de mis servicios al tercer día. El jefe de personal estaba esa mañana esperándome, tan pronto me vio me dijo:
- ¿Vos sos Alejandro Cortés?
- Sí, soy yo.
- Che, te estaba esperando desde las 7 para hablar con vos.
- Yo también necesito hablar contigo. No puedo cumplir con el horario de la mañana, pásame a la tarde.
Él guardó silencio por 10 eternos segundos y comenzó su sermón muy exaltado.
- ¡Ya no se puede! Este es un trabajo serio donde tenés que cumplir normas básicas de…
- Bueno, entonces muchas gracias y disculpa las molestias.
- Una cosa antes de que te vayas. ¿De qué país sos?
- Mmmmm.
Esa pregunta para mí significaba “huye colombiano”. Regresé a mi casa con la satisfacción de no tener que engañar a más españoles para que compren internet, pero también había perdido la oportunidad de ganar algún dinero. Me preparé un café, me senté frente a la tele y obviamente la Eurocopa no estaba. Habían comenzado los Juegos Olímpicos desde Beijing. Desfilaron nadadores norteamericanos, jugadoras de hockey argentinas, velocistas jamaiquinos. ¡Qué bueno volver a tener el tiempo para poder verlos romper records! No me importaba si lo lograban, lo fundamental era que en 5 minutos de transmisión me había olvidado de los desplantes de los españoles, de no haber llegado hasta el fin de semana para concretar algo con las telemarketers, de colocar el despertador a las 5:00 am. con la esperanza de escucharlo al día siguiente. ¿Qué sería del hombre sin el deporte? Destapé una cerveza, me senté a ver a las atletas rusas. Una de ellas, la más rubia de todas, se me pareció físicamente a un jugador de la selección rusa de fútbol. Un tipo de apellido Pavchenko o Livchenko o algo parecido.
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